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Jóvenes que hace deporte o que andan, hombres que pasean en bicicleta, mujeres que caminan en parejas, en grupo o en solitario. También parejas sentimentales. Y casos de personas que pasean a sus mascotas, y otros en los que son los animales los que pasean a aquellos. De todo se puede ver en una tarde cualquiera en el paseo fluvial, más conocido como Paflu.
¿Quién se acuerda de aquella ribera plagada de árboles? ¿Quién recuerda esa orilla del río Guadalquivir que se encontraba en el mismo estado de vegetación que la orilla de enfrente o que el conocido como “Bajo de Coria”? Ya muy pocos, excepto, claro, los que viven por aquellas casas con una puerta a la avenida de Andalucía y otra al río que cruza Andalucía. Ya son muy pocos los que guardan en su memoria aquel olor a madera que salía de la carpintería de ribera, de los astilleros; y de los niños que les pedían retazos de maderas para después inventarse juegos.
Ahora esa imagen idílica, de casi una selva, ha cambiado con el tiempo. Ahora, los corianos disponen de un paseo fluvial. Bonito, porque tiene el río a un lado; cuidado casi en su mayoría (el césped ayuda mucho a verlo así), y plagado de vecinos que pasean por esa zona cada día.
Desde muy temprano están caminando corianos y corianas por este paseo. Es increíble como, en un frío invierno, pueden verse mujeres y hombres caminando a las 8 de la mañana; y cómo por la tarde, con los débiles rayos de sol, continúa nuestro Paflu con vida.
Una de las cosas más atractivas de nuestro paseo es que parece que está divido en tramos. Uno, el que está junto al Estadio Guadalquivir; otro, el que recorre el Paseo Carlos de Mesa; otro más podría ser el tramo de las barcazas; y ya el último, el que recorre hasta el final, hasta el famoso restaurante. Cada uno tiene su encanto, ya sea por histórico, como el del puerto de la barca; o por el verde, como el trecho del paseo.
Este editorial, no pretende nada que no sea ver un elemento que se ha convertido en fundamental en Coria. No pretende nada más allá de lo que se dice: que tenemos un espacio único dentro de los pueblos de la comarca, y que hay que saber cuidarlo y aprovecharlo al máximo.
¿Y cómo cuidarlo? Pues lo saben muy bien los dueños de los animales, que deben recoger los deshechos de sus perros. ¿Y, que más? Pues eliminando la basura que se acumula en la ladera, en ese trozo de tierra que nos separa del río, y que muchas veces al ver los trozos de vidrio, de plástico o de papeles y cartón, le hace a uno torcer el gesto. Aunque es cierto que la suciedad de hoy día no tiene nada que ver con la que había hace años, en los que no se podía ni siquiera mirar el río sin verse obligado a apartar la vista de la suciedad.
Cosas así, como nuestro Paflu, son las que ayudan a crecer. Puede parecer vanal, puede parecer una estupidez, pero tener un espacio común, que no cueste un solo céntimo de euro, que haga encontrarse a la gente y que, además, sirva para el beneficio de la salud, es importante. Por ello, es nuestra tarea cuidar de nuestro paseo y, ¿por qué no? Intentar que siga creciendo hasta donde se pueda…
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