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Parpadeo. Es tarde para cansarse. Busco en el espejo retrovisor el señuelo de mi propia mirada. No aparece. No se esconde, sino que permanece absorto en el devenir de líneas blancas. Alzo la vista como por un resorte. Glorieta. Atenta. Atenta.
Intermitente y giro. Segunda salida. Un túnel de olivos y un carril que se estrecha. Más arriba queda el cielo, que es solo una línea, un garabateo esbozado entre dos flancos color aceituna. Hoy es azul, aunque a veces se ha vestido de gris o de noche. Hoy es azul, y a mí me ha tocado sentirlo y gozarlo desde este armazón metálico y móvil que me conduce cada vez con mayor premura al lugar donde deseo vivir el resto de mis días.
Premura…, un momento, relajo el pie derecho y la se reduce la presión sobre el acelerador. La hipnosis de las líneas blancas. El dedo azul del cielo señalando el camino. No hay lugar para despistes ni distracciones. La carretera ensaya una suave inclinación ascendente. Parece arrodillarse. Parece abrazarse a la tierra a la que pronto va a dar paso. Parece envolver con sus manos el regalo final, el premio a muchas horas de viaje y a muchísimas más de decisiones. Un último acelerón para subir la pendiente…, el último, ya.
Y aparece, como una ninfa surgiendo de un estanque verde aceituna. El cielo es más azul que en todas partes. Cualquiera diría que no queda tan lejos, que una simple escalera y un ansia profunda en el alma bastarían para alcanzar a rozarlo y desprender un hilo de nube con los dedos. El cielo es un velo, el parapeto que envuelve y protege el sagrado halo de este emplazamiento. Bajo su manto, casas blancas, paredes robustas y aún encaladas en convivencia con muros recién nacidos y colores estridentes como guiños infantiles. Cuesta abajo, mantengo la velocidad. El ayer y el hoy se dan la mano ante mis ojos, danzan en el aire y se confunden en una misma arquitectura. El color de los campos se vivifica, el tráfico de la vida se recrudece. Un cartel y el nombre de un pueblo. Se abre la puerta de entrada. Acelero un poco más. Ya estoy dentro. Ya soy parte de ti. Otra vez.
A lo lejos, el tren. Ese tren que me llamó tantas veces. Ese tren que me prometió lo que tengo y me entregó razones para empezar a construir lo que ahora soy. Ese tren que silba en la noche y te arranca de los brazos de Morfeo para llevarte al lugar donde realmente se cumplen los sueños. Ese tren… se marcha. Lo despido. Adiós. Yo ya cumplí mi sueño, pero no podía vivirlo sino aquí. En el lugar donde mis ojos se abrieron por primera vez para contemplar este cielo, que no queda tan arriba, no señor, aquí lo tenemos sólo a unos pasos.